Dormir se ha convertido en algo que muchas personas negocian con su agenda. Se acorta si el trabajo lo exige, se recupera —en teoría— los fines de semana, y se sustituye por café cuando no alcanza. La frase "ya dormiré cuando esté muerto" se repite como una broma, pero hay algo de involuntaria ironía en ella: la evidencia científica acumulada en los últimos veinte años muestra que privarse de sueño de forma crónica acelera de manera medible el deterioro de prácticamente todos los sistemas del organismo. El sueño no es un tiempo muerto entre dos días activos. Es el periodo en que el cuerpo lleva a cabo procesos de reparación, consolidación y limpieza que no puede hacer cuando está despierto, y que no se pueden aplazar indefinidamente sin consecuencias.