Vivimos en una época obsesionada con apagar incendios externos, pero ignoramos el que arde lentamente dentro de nuestro propio cuerpo. La inflamación crónica es ese fuego de bajo grado que no sentimos, pero que con el tiempo calcina articulaciones, deteriora la piel, nubla la mente y prepara el terreno para enfermedades metabólicas, autoinmunes y hasta neurodegenerativas. No es un destino inevitable ligado al envejecimiento; es, en gran medida, una conversación constante entre lo que comemos y la forma en que nuestras células responden. Y lo mejor de todo: podemos cambiar el tono de esa conversación empezando por el próximo bocado.
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