Hay una frase que muchos hombres repiten casi por instinto cuando alguien les pregunta cómo están: "todo bien". La dicen incluso cuando no es verdad, incluso cuando llevan semanas durmiendo mal, sintiéndose sin energía o cargando un peso emocional que no saben cómo nombrar. No es que estén mintiendo a propósito, es que muchos aprendieron desde niños que mostrar vulnerabilidad no era una opción. Y ese aprendizaje, aunque silencioso, tiene consecuencias muy reales en la salud.
Hay un momento, casi siempre silencioso, en el que alguien se pregunta por primera vez si lo que está sintiendo merece ayuda. No suele ser un instante dramático. Más bien es una acumulación: noches en las que dormir cuesta más de lo habitual, una irritabilidad que no reconoce como propia, la sensación de estar actuando una versión de sí mismo para que nadie note que algo no funciona bien. Y justo ahí, en esa pregunta tímida que casi nadie se atreve a decir en voz alta, empieza este texto.
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