Hace más de dos mil años, los médicos de la antigua Grecia ya describían crisis convulsivas y las llamaban «la enfermedad sagrada». La atribuían a los dioses, a los espíritus o a castigos divinos. Hipócrates fue de los primeros en afirmar que se trataba de un problema del cerebro y no de una maldición, pero esa idea tardó siglos en abrirse paso. Durante buena parte de la historia, las personas con epilepsia fueron apartadas, temidas, encerradas en instituciones e incluso perseguidas.
Hay un dolor que casi todos conocemos y que solemos minimizar: esa rigidez en el cuello que aparece después de una noche mal dormida, esas punzadas que suben hacia la cabeza tras horas frente a la pantalla, ese crujido que se escucha al girar la cabeza y que preferimos ignorar. La mayoría de las veces lo atribuimos al estrés, al cansancio o a una mala postura pasajera. Pero detrás de estas molestias tan cotidianas puede esconderse un proceso mucho más profundo y progresivo: la osteocondrosis cervical, un deterioro silencioso de los discos y las estructuras de la columna vertebral en la zona del cuello que, lejos de ser un simple término médico, forma parte de la vida diaria de millones de personas en todo el mundo.