La hipertensión arterial no duele. No avisa con un dolor agudo ni se manifiesta con fiebre. Esa es su arma más peligrosa y, paradójicamente, la razón por la que muchos la subestiman. Se desliza en la rutina como un invitado que ocupa el sofá sin permiso, y cuando decidimos prestarle atención, ya ha empezado a redecorar la casa a su antojo, afectando riñones, ojos, cerebro y, por supuesto, el corazón. Pero si hay una verdad que la medicina funcional ha repetido hasta el cansancio, es que la genética solo pone la mesa; nosotros elegimos el menú.
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