Estamos acostumbradas a considerar la menstruación como una especie de obligación mensual. Sí, es desagradable, tira el vientre, dan ganas de tumbarse y no moverse. No se suele hablar de ello en voz alta, y si se habla, casi siempre es en plan "todas las mujeres sufren, ¿y tú qué, eres especial?". Esa frase, pronunciada por una amiga, por una madre o, peor aún, por un médico en la consulta de ginecología, se ha convertido para millones de mujeres en el punto de no retorno hacia un mundo de dolor silencioso y agotador. Un dolor que se atribuye a la debilidad, a la neurología o simplemente a la falta de "capacidad de aguante".
Entre los 40 y los 50 años, muchas mujeres empiezan a notar cambios que no siempre saben nombrar: noches en que el sueño se corta sin motivo aparente, una irritabilidad que aparece de la nada, ciclos menstruales que se adelantan, se retrasan o cambian de intensidad sin patrón claro, episodios de calor súbito que suben por el pecho y la cara, una niebla mental que dificulta concentrarse en tareas que antes eran sencillas. La explicación más socorrida suele ser el estrés, el exceso de trabajo o simplemente "la edad", y muchas veces conviven varios factores a la vez. Pero detrás de ese conjunto disperso de síntomas suele haber algo muy concreto: el ovario ha entrado en una fase de transición hormonal que puede durar varios años antes de que llegue la menopausia propiamente dicha, y que muy pocas mujeres relacionan con sus hormonas porque la regla, aunque irregular, todavía no ha desaparecido.