Vivimos en una época que premia la velocidad. Respondemos mensajes mientras caminamos, comemos mirando pantallas, dormimos con la sensación de que algo quedó pendiente. El cuerpo, sin embargo, no fue diseñado para ese ritmo sostenido. Detrás de esa aparente normalidad hay un sistema nervioso que trabaja horas extras, interpretando cada notificación como una pequeña amenaza y manteniendo activado un estado de alerta que, con el tiempo, cobra factura. La sensación de estar agotado pero incapaz de descansar, de irritarse por detalles mínimos, de sentir el pecho apretado sin una causa clara, no es debilidad ni falta de carácter: es la señal de que nuestro organismo lleva demasiado tiempo en modo supervivencia. Entender cómo funciona esa maquinaria interna es el primer paso para recuperar algo que damos por sentado hasta que lo perdemos: la calma.