Hay una frase que muchos hombres repiten casi por instinto cuando alguien les pregunta cómo están: "todo bien". La dicen incluso cuando no es verdad, incluso cuando llevan semanas durmiendo mal, sintiéndose sin energía o cargando un peso emocional que no saben cómo nombrar. No es que estén mintiendo a propósito, es que muchos aprendieron desde niños que mostrar vulnerabilidad no era una opción. Y ese aprendizaje, aunque silencioso, tiene consecuencias muy reales en la salud.
Dormir se ha convertido en algo que muchas personas negocian con su agenda. Se acorta si el trabajo lo exige, se recupera —en teoría— los fines de semana, y se sustituye por café cuando no alcanza. La frase "ya dormiré cuando esté muerto" se repite como una broma, pero hay algo de involuntaria ironía en ella: la evidencia científica acumulada en los últimos veinte años muestra que privarse de sueño de forma crónica acelera de manera medible el deterioro de prácticamente todos los sistemas del organismo. El sueño no es un tiempo muerto entre dos días activos. Es el periodo en que el cuerpo lleva a cabo procesos de reparación, consolidación y limpieza que no puede hacer cuando está despierto, y que no se pueden aplazar indefinidamente sin consecuencias.
Hay una pequeña glándula en forma de mariposa, ubicada en la parte delantera del cuello, que pesa menos de treinta gramos y que sin embargo influye en prácticamente cada proceso metabólico del organismo: la tiroides. Regula la velocidad a la que las células consumen energía, la temperatura corporal, el ritmo cardíaco, el estado de ánimo, la digestión, la fertilidad y el crecimiento del cabello y las uñas, entre muchas otras funciones. Cuando trabaja de más o de menos, los síntomas que provoca son tan dispersos y tan parecidos a los de otras condiciones —el estrés, la depresión, la menopausia, el simple envejecimiento— que pueden pasar años antes de que alguien conecte el cansancio crónico, el aumento de peso inexplicable o las palpitaciones con un problema en esta glándula. En España se estima que más de un millón de personas tienen alguna enfermedad tiroidea sin saberlo, y la mayoría de ellas son mujeres.
A partir de los 50 años, el dolor en las rodillas, las caderas o las manos se convierte en algo tan frecuente que muchas personas lo asumen como el precio inevitable de envejecer. "Son los huesos", dice la gente, y con esa frase se da por cerrado el asunto. Pero detrás de la mayoría de esos dolores articulares crónicos no hay un problema en el hueso en sí, sino en el cartílago que recubre sus extremos: un tejido fino, liso y sin vasos sanguíneos que actúa como amortiguador y que, a diferencia de casi cualquier otra estructura del cuerpo, tiene una capacidad de regeneración muy limitada. Cuando ese cartílago se desgasta de forma progresiva, la articulación pierde su protección natural, el hueso empieza a rozar con el hueso y aparece la artrosis, la enfermedad articular más extendida en el mundo y, también, una de las que peor se comprenden fuera de las consultas de reumatología.
Entre los 40 y los 50 años, muchas mujeres empiezan a notar cambios que no siempre saben nombrar: noches en que el sueño se corta sin motivo aparente, una irritabilidad que aparece de la nada, ciclos menstruales que se adelantan, se retrasan o cambian de intensidad sin patrón claro, episodios de calor súbito que suben por el pecho y la cara, una niebla mental que dificulta concentrarse en tareas que antes eran sencillas. La explicación más socorrida suele ser el estrés, el exceso de trabajo o simplemente "la edad", y muchas veces conviven varios factores a la vez. Pero detrás de ese conjunto disperso de síntomas suele haber algo muy concreto: el ovario ha entrado en una fase de transición hormonal que puede durar varios años antes de que llegue la menopausia propiamente dicha, y que muy pocas mujeres relacionan con sus hormonas porque la regla, aunque irregular, todavía no ha desaparecido.
Pasados los 40, muchos hombres empiezan a notar algo difícil de nombrar: menos energía a media tarde, menos interés en el sexo, más grasa alrededor del abdomen aunque la dieta no haya cambiado, un humor que se irrita con más facilidad. La explicación habitual es "el estrés" o "la edad", y a veces es exactamente eso. Pero en una proporción nada despreciable de casos, detrás de ese cansancio difuso hay un nivel de testosterona más bajo de lo que debería ser, y pocos hombres lo consideran porque a esta hormona se la asocia casi siempre con la libido y rara vez con el ánimo, el sueño o la composición corporal.